Altea / Alicante / 12-08-2000 / Castell de l'Olla

 

Fastuoso cortejo de fuego y música en Altea
La localidad alicantina, como cada año, se volvió a colapsar por la gran afluencia de espectadores

MIKEL PAGOLA ERVITI. PIROART.COM (Alicante)

La Olla de Altea se convirtió en la noche del pasado 12 de agosto de 2000 en un escenario inmejorable para un espectáculo sublime: fuegos de lujo para un poema sinfónico cuyo estreno fue un rotundo éxito. Los maestros Miguel Zamorano Caballer y Adam Ferrero, cada uno en su saber (fuego y música, respectivamente) junto con los versos de Ricardo Vellveser, lograron crear una atmósfera donde se respiraba Arte con mayúsculas.

La noche se vistió de fastuoso cortejo sonoro y lumínico para honrar al mar Mediterráneo y a la vida. El “Castell de l’Olla” de Altea volvió a demostrar que merece el calificativo de hito en el calendario pirotécnico anual; esos puntos de peregrinación a los que hay que asistir, al menos, una vez en la vida.

Este disparo, equiparable ya en importancia a la Nit del Foc de la ciudad de Valencia en sus fiestas falleras, se realizó desde tierra, mar y aire. Un ejército de efectos pirotécnicos de cuidada factura y todavía mejor disparo dejó boquiabierto a un público que desde incluso tres horas antes del inicio del espectáculo colapsó todos los accesos a la localidad alicantina. Altea, desde su orilla, desde l “illeta”, y desde las aguas del Mare Nostrum, contempló el disparo simultáneo de fuego desde estos mismos tres puntos.

Si bien la coordinación de la música con los fuegos de artificio se perdió desde el inicio del espectáculo, tanto la parte musical como la visual tenían, por sí solas, una extremada calidad como para que el acto no se desluciera lo más mínimo. La compenetración de ambas artes, la sonora y la del fuego, no existió salvo en determinados momentos que más parecían producto de la coincidencia. La complejidad que ya de por sí tiene el realizar un piromusical se eleva al cuadrado cuando el sonido lo realizan (inmejorablemente) tres bandas en directo. No cabe sino no escatimar elogios al intento que, aunque no llegó a cuajar como hubieran deseado los organizadores, supuso toda una demostración de belleza y plasticidad.

Los tres puntos de disparo descritos se utilizaron sabiamente de forma continua llegando a su máximo aprovechamiento en una selecta sección de sauces blancos que fue como para quitarse el sombrero. El fuego subía y bajaba y, desde los extremos, guarnecía el espacio que la música y las voces se encargaban de llenar.

(pasa a la parte superior de la columna de la derecha)

 

Además de mucha cantidad de material (introducido y disparado en las barcazas flotantes “Dios sabe cómo...”), hubo calidad y calidez desde el principio hasta el final: auténticas maravillas una detrás de otra. La firma A. Caballer se regodeó en la creación de magníficas fachadas a varias alturas, impresionantes aperturas en abanico, sensacionales pavos reales y geniales cascadas de caída lenta donde cabe destacar la de tremolante verde desde la “illeta”. El disparo “flotante” permitió que los ángulos de disparo llegaran a la completa inclinación horizontal, ofreciendo composiciones aéreas inusitadas en cualquier otro espectáculo pirotécnico.

Muy probablemente el castell de l’Olla de Altea, dadas sus peculiares y magníficas condiciones, es el más completo espectáculo pirotécnico de España y uno de los más complejos. Anteanoche quedó demostrado que para tan excepcional marco, Miguel Zamorano supo dominar el espacio existente y construir nuevos volúmenes efímeros: el fuego de estilo antiguo con aspas, soles y ruletas, junto con efectos de incendio, lanzas intermitentes y efectos acuáticos marcaban, delimitaban y construían espacios terrestres. La horizontal y la vertical, en toda su amplitud, quedaron bajo el dominio del pirotécnico cuando, junto con elementos decorativos de altura media se ejecutaban, por ejemplo,  excelsos efectos de cascadas en cabellera de cambio rojo a blanco con terminación en pequeños pero nutridísimos flocados. La perla duraba en el aire conservando la calidad de unos excelentes colores limpios y bellos: puros, sin excesos de magnesio; con acertado brillo y un “arder” continuado desde el encendido hasta la desintegración de cada uno de los focos. En fin; la calidad fue suprema; etiqueta negra en todos los productos. Hubo controladas descargas de efectos flash, también de trueno,  meteoros de chispa apretada y duradera que dibujaban trazos en su trayectoria, o el aplaudido disparo de una palmera (de cohetería) de nevadito blanco en la “illeta”.

Música, canción y fuego: todo un espectáculo sensacional y grandioso; la demostración de que el “Castell de l’Olla”, aunque pueda parecer mentira, mejora año tras año y es digno de su merecida fama: fabuloso.